PROYECTO FINAL
1.0 Producto Audiovisual
Buen día Profe, espero que te encuentres bien, por motivo a que Youtube no admite videos superiores a 15 min de duración me vi en la tarea de dividirlo en primera y segunda parte, anexo la evidencia:
2.0 Texto (Crónica)
I.
El alba de un nuevo tormento
El
implacable redoble del despertador me arranca de un sueño intranquilo, plagado
de pesadillas y sombras acechantes. Es la misma melodía agobiante que marca el
inicio de otro día interminable, una batalla épica contra el cansancio, la
presión y la desesperanza. Con pesadez abro los ojos, enfrentándome a la cruda
realidad: las 4:30 de la mañana, una hora inclemente para un ser humano común.
La oscuridad que reina en mi habitación acentúa la desolación que me invade.
Siento como si el mundo entero conspirara en mi contra, robándome incluso esos
preciosos minutos de descanso que tanto anhelo. Soy prisionera de mis
circunstancias, atrapada en un ciclo interminable de agotamiento y
desesperación.
II.
La ciudad hostil
Me
levanto con la pesadez de mil derrotas y me preparo para enfrentar la jungla
urbana. El frío de la madrugada me cala hasta los huesos, como un recordatorio
de la crueldad que me espera en las calles. Cada bocanada de aire gélido es
como una puñalada en mis pulmones, un tormento impuesto por la ciudad que me
traga. Camino con pasos pesados hacia la parada de autobús, mirando
constantemente por encima del hombro, atormentada por el recuerdo del atraco
que sufrí hace unas semanas. La paranoia y el miedo se han convertido en mis
compañeros inseparables, susurrando advertencias en mis oídos. Cada sombra,
cada ruido, me hace saltar de terror, convencida de que el peligro acecha en
cada esquina.
III.
El calvario del transporte público
El
tráfico en Bogotá es un infierno caótico, una serpiente interminable de
vehículos que se arrastran a paso de tortuga. Las siguientes tres horas son una
odisea de claustrofobia y frustración en el transporte público. Los empujones,
los codazos y el mal olor a sudor me asfixian, convirtiéndome en un manojo de
nervios al borde del colapso. La sensación de encierro es abrumadora, como si
las paredes del autobús se estrecharan cada vez más, amenazando con aplastarme.
Busco desesperadamente un resquicio de aire fresco, pero solo encuentro el
hedor de la humanidad apretujada.
IV.
El peso de la responsabilidad
Finalmente,
llego a mi lugar de trabajo, un supuesto oasis que resulta ser un desierto
ardiente de estrés y obligaciones interminables. De inmediato, me sumerjo en un
torbellino frenético de tareas, reuniones y plazos que cumplir, un remolino que
amenaza con tragarme por completo. La presión es aplastante, sofocante, una
fuerza invisible que me oprime el pecho y me roba el aliento. Siento como si me
ahogara en un mar embravecido de responsabilidades, las olas golpeándome sin
tregua desde todas direcciones.
Cada
minuto que pasa, el peso sobre mis hombros se hace más insoportable, más
abrumador, amenazando con aplastarme por completo bajo su carga implacable. Los
correos electrónicos se acumulan sin cesar, formando una montaña digital de
tareas pendientes que se eleva hasta el infinito. Las llamadas no cesan, el
teléfono sonando sin parar como un timbre de tortura que me recuerda
constantemente las demandas interminables. Me ahogo en un mar de documentos,
papeles y formularios que se multiplican como un virus imparable, consumiendo
cada centímetro de mi escritorio.
Y
los proyectos... oh, los proyectos. Se apilan como una montaña insuperable,
cada uno más complejo y desalentador que el anterior. Me siento como un
náufrago atrapado en una tempestad implacable, luchando desesperadamente por
mantener la cabeza fuera del agua, pero las olas de estrés me golpean sin
piedad, amenazando con sumergirme en las profundidades de la desesperación.
Es
una batalla constante, una lucha agónica contra la abrumadora avalancha de
demandas y expectativas. Cada vez que logro sacar la cabeza a la superficie,
otra ola me golpea con fuerza renovada, arrastrándome de vuelta al caos. El
estrés se cierne sobre mí como una nube tóxica, envenenando mi mente y mi
cuerpo con cada respiración.
V.
Las horas agonizantes
Las
horas transcurren a un ritmo exasperantemente lento, cada minuto convirtiéndose
en una tortura interminable. El cansancio se apodera de cada fibra de mi ser,
como una niebla espesa que nubla mi mente y entumece mis músculos. Lucho con
todas mis fuerzas por mantener los ojos abiertos, pero es una batalla constante
contra el agotamiento abrumador que amenaza con vencerme. Mis párpados pesan
como bloques de plomo, gravitando hacia abajo con una fuerza descomunal,
mientras que mi mente se niega a concentrarse en la tarea que tengo entre
manos.
Cada
vez que intento enfocarme, mi atención se desvía inexorablemente hacia el
incesante tic-tac del reloj, burlándose de mí con su lentitud agonizante. El
sonido martillea en mis oídos, recordándome que el tiempo avanza sin piedad,
ajeno a mi sufrimiento. Cada segundo que pasa es una puñalada en mi corazón,
prolongando mi agonía interminable. El tiempo se convierte en mi enemigo más
cruel, una fuerza implacable que se regodea en mi tormento.
La
fatiga se apodera de cada célula de mi cuerpo, convirtiéndome en un manojo de
nervios al borde del colapso. Mis músculos se sienten como si estuvieran hechos
de plomo, resistiéndose a cada movimiento. Incluso parpadear se convierte en un
desafío titánico, como si mis párpados pesaran toneladas. La niebla del
agotamiento envuelve mi mente, nublando mi capacidad de pensar con claridad y
dificultando cada tarea, por más simple que sea.
A
pesar de mis esfuerzos desesperados por mantenerme enfocada, mi atención se
dispersa constantemente, incapaz de concentrarse en nada más que el
interminable avance del tiempo. Cada tic-tac es un recordatorio implacable de
que la agonía no tiene fin, de que estoy atrapada en un ciclo sin salida de
agotamiento y desesperación. El reloj se burla de mí, su sonido resonando en mi
cabeza como una risa siniestra que se regodea en mi sufrimiento.
VI.
La prisión del conocimiento inútil
Después
de un día interminable en el trabajo, comienzan mis clases, donde me esperan
más horas de clases tediosas e irrelevantes. Es como si el tormento no tuviera
fin, una sucesión interminable de obligaciones que drenan mi energía vital.
Profesores sin una chispa de pasión repiten incansablemente el mismo material
obsoleto año tras año, como autómatas programados para impartir conocimientos
anticuados. Sus voces monótonas y sus miradas vacías solo acentúan la sensación
de que estamos sumergidos en un pozo sin fondo de irrelevancia académica.
Me
siento como prisionera, encadenada a un sistema educativo arcaico que no hace
más que drenar mi energía y mi entusiasmo por aprender. Las aulas y mi
habitación cuando determinadas clases son mediadas se convierten en celdas de
aburrimiento, jaulas donde nos mantienen cautivos con la excusa de “formarnos”.
Nos alimentan a la fuerza con información inútil que jamás aplicaremos en la
vida real, como si fuéramos ganado destinado al matadero del conocimiento
inservible.
Los salones de clase y mi habitación se sienten asfixiantes, las paredes parecen cerrarse cada vez más, amenazando con aplastarme bajo el peso de tantas teorías y conceptos abstractos. Es una tortura , donde nos obligan a engullir datos y fórmulas que jamás tendrán relevancia en nuestras vidas futuras. Mientras los profesores se jactan de impartir “sabiduría”, yo solo veo un sistema obsoleto que nos roba nuestro tiempo y nuestras ilusiones, una tras otra en resumen todas ellas.
VIII. La
lucha contra la desesperación
Las
horas se arrastran como si fueran días, y cada minuto se siente como una
eternidad. Mi mente se niega a concentrarse, divagando constantemente en sueños
de libertad y escapismo. Fantaseo con dejarlo todo atrás y huir a un lugar
donde pueda respirar, donde no haya obligaciones ni plazos que cumplir. Un
paraíso libre de estrés y responsabilidades, donde pueda recuperar el control
de mi vida. Pero entonces recuerdo las consecuencias de rendirme, las
oportunidades perdidas y los sueños rotos, y me obligo a seguir adelante,
encadenada a esta existencia agobiante.
IX.
Un breve refugio en el amor
Finalmente,
cuando el último rayo de luz se desvanece en el horizonte, soy liberada de esta
prisión académica interminable. Pero en lugar de sentir alivio, solo hay una
sensación aplastante de derrota que me invade por completo. Arrastro mis pies
cansados de vuelta a casa, cada paso sintiéndose más pesado que el anterior,
como si cargara el peso del mundo sobre mis hombros. En mi mente, lo único que
me mantiene en movimiento es el sueño de ver a mi novia y refugiarme en sus
brazos reconfortantes al final del día.
Ella
es mi oasis en medio del desierto árido de responsabilidades y agobio, mi única
fuente de consuelo en esta travesía interminable de agotamiento. Su sonrisa
ilumina mi mundo oscuro como un faro en la niebla, guiándome hacia el puerto
seguro de su amor incondicional. Y su abrazo cálido apacigua momentáneamente
mis temores y mi agotamiento, envolviendo mi alma desgastada en una manta de
serenidad.
Cuando por fin llego a casa y la veo, es como si todo el estrés y la tensión del día se desvanecieran en un instante. Sus ojos brillantes y su rostro radiante son un bálsamo para mi corazón afligido, y por un breve momento, puedo olvidar todas las batallas libradas y simplemente sumergirme en la calidez de su presencia. En sus brazos, soy capaz de recargar energías, de encontrar la fuerza para enfrentar un nuevo día de desafíos.
X.
La noche, una batalla contra el sueño
Pero
incluso ese pequeño rayo de esperanza se ve ensombrecido por la carga de tareas
pendientes que me esperan. La noche se convierte en una batalla constante
contra el sueño, una lucha por mantener los ojos abiertos mientras intento
absorber información que se niega a quedarse en mi cerebro exhausto. Es como
intentar llenar un vaso roto con agua, un esfuerzo inútil y frustrante.
En
los breves momentos de lucidez, me pregunto si vale la pena todo este
sufrimiento. La tentación de dejarlo todo atrás y huir de esta existencia
agobiante es casi irresistible. Fantaseo con desaparecer en la nada, lejos de
las responsabilidades y las expectativas que me asfixian. Pero entonces
recuerdo mis sueños y ambiciones, esos objetivos que alguna vez me motivaron a
emprender este camino. Y encuentro la fuerza para seguir adelante, un día más.
Porque
a pesar de lo agotador que puede ser este estilo de vida, hay una pequeña llama
de esperanza ardiendo en mi interior. La creencia de que algún día, todo este
esfuerzo valdrá la pena. Que un día despertaré y ya no tendré que luchar contra
la corriente, sino que podré nadar libremente en el océano de mis sueños
cumplidos.
Un
futuro donde el éxito y la realización personal serán mi recompensa por todos
estos años de sacrificio.
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