viernes, 3 de mayo de 2024

 


CRONICA 

El golpeteo incesante del despertador me arranca del sueño intranquilo que tuve anoche. Es la misma rutina agobiante una y otra vez. Abro los ojos con pesadez, sabiendo que me espera otro día interminable de agotamiento y presión. Miro el reloj y son las 5 de la mañana, demasiado temprano para un ser humano.

Después de arrastrarme fuera de la cama, me preparo rápidamente y salgo a la calle. El frío de la madrugada me golpea con fuerza, haciéndome estremecer. Camino unas cuantas cuadras hasta la parada de bus, mirando por encima del hombro constantemente, aterrado por el recuerdo del atraco que sufrí hace unas semanas. La paranoia y el miedo se han vuelto mis compañeros inseparables.

El tráfico en Bogotá es una auténtica pesadilla, una serpiente interminable de vehículos que se deslizan a paso de tortuga. Paso las siguientes tres horas atrapado en el infierno del transporte público, sintiendo cómo la claustrofobia y la frustración me corroen por dentro. Los empujones, los codazos y el mal olor a sudor solo empeoran las cosas.

Finalmente, después de una odisea agotadora, llego a mi lugar de trabajo. Pero no hay tiempo para respirar. De inmediato, me sumerjo en un torbellino de tareas, reuniones y plazos que cumplir. La presión es abrumadora, y siento que me estoy ahogando en un mar de responsabilidades.

Las horas pasan a la velocidad de un caracol agonizante. El cansancio se apodera de cada fibra de mi ser, y me encuentro luchando por mantener los ojos abiertos. Pero no puedo darme el lujo de rendirme, porque la noche me depara más desafíos.

Después de un día interminable en el trabajo, me dirijo a la universidad, donde me esperan más clases tediosas e irrelevantes. Profesores que carecen de pasión por su oficio, repitiendo incansablemente el mismo material obsoleto año tras año. Me siento como un prisionero, encadenado a un sistema educativo que no hace más que drenar mi energía y mi entusiasmo.

Mientras el reloj se burla de mí con su incesante avance, me pierdo en un torbellino de apuntes, lecturas y tareas sin sentido. Cada vez que levanto la vista, veo rostros agotados y ojos vidriosos, reflejando el mismo agotamiento que siento en lo más profundo de mi ser.

Finalmente, cuando el último rayo de luz se desvanece en el horizonte, soy liberado de esta prisión académica. Pero en lugar de sentir alivio, solo hay una sensación aplastante de derrota. Arrastro mis pies cansados de vuelta a casa, soñando con el momento en que pueda ver a mi novia y refugiarme en sus brazos reconfortantes.

Pero incluso ese pequeño rayo de esperanza se desvanece cuando recuerdo que debo estudiar para un examen o terminar un proyecto interminable. La noche se convierte en una lucha constante por mantener los ojos abiertos, mientras intento absorber información que se niega a quedarse en mi cerebro exhausto.

En los breves momentos de lucidez, me pregunto si vale la pena todo este sufrimiento. La tentación de dejarlo todo atrás y huir de esta existencia agobiante es casi irresistible. Pero entonces recuerdo mis sueños y ambiciones, y encuentro la fuerza para seguir adelante, un día más.

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